jueves, 23 de marzo de 2017

El aura perdida


Paris. Le Louvre, Martin Parr (n. 1952 en Epsom, Surrey, Reino Unido), 2012

Cuando uno se acerca,  rehúsa la mirada. Si uno se obstina en mirarla a los ojos, sonríe. Pero deja de sonreír si uno mira la boca. También la boca es esquiva.
Entonces uno mira el pelo, el cuello, los pechos. Pero hay como una niebla en los contornos que se esfuman.
La Mona Lisa (una contracción de Madonna Lisa, la esposa de Francesco del Giocondo) es, antes que nada, lejanía.
Hubo una vez, no hace tanto, que no estaba debajo de esa fría, distanciadora caja de cristal. Entonces uno podía ver de cerca la tabla ahora craquelada.
Uno veía la materia misma del cuadro, las pinceladas de óleo diluido en aceite. Era el aura, esa trama particular del espacio y del tiempo en que la Gioconda había sido pintada. En cada pincelada, estaba el pulso vivo de Leonardo da Vinci.
Ahora la helada caja de cristal está allí, interfiriendo. Pero a nadie le importa. Miles de smartphones apuntan frenéticamente a la Gioconda desde la distancia. Miran a través de las pantallas de los celulares que, a su vez, miran a través del cristal de la caja.
Las manos nerviosas encuadran mal, las pantallas están ladeadas. Los colores no son los originales. Las finas grietas de la pintura no se ven ni por asomo. Es imposible adivinar las pinceladas. El aura se ha perdido. 
La Gioconda ya no es única. Vive malamente, sobrevive apenas como un indicio, en esas imágenes furtivas de los smartphones.
Tenía razón Walter Benjamin. Una enorme pobreza ha caído sobre nosotros.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Cosquillas

Madonna del solletico, Masaccio, 1426-1427. Fragmento. Galleria degli Uffizi, Florencia, Italia.
El bebé se ríe. Se desternilla de risa. Le da risa que la mamá le roce el cuello, ese cuello con papada de bebé. Se carcajea como hacen los bebitos después de la teta. 
Se defiende divertidamente de las cosquillas: con las dos manitas le toma la mano a la mamá. Es tan divertido que no tienen importancia las aureolas doradas, el fondo de oro que el tiempo cuarteará inevitablemente.
La Madonna de las cosquillas es deliciosa. Y rara. Hay algunos Niños que juguetean con pájaros, que juegan con Bautista también niño. Pero nada como esta madonna, en la que el Niño ríe. 
Ríe porque la mamá le hace cosquillas. Porque la mamá, amorosamente, provoca la primera sonrisa. No es todavía el tiempo de la palabra. Es el tiempo del tocar íntimo que desata la sonrisa involuntaria. Es el momento en que la mamá abre el mundo del niño con una sonrisa.

miércoles, 25 de enero de 2017

La maga



Lamia, George Frampton, 1899/1900. 
Royal Academy of Arts, Londres
Es hermosa como el ojo del tigre sobre la presa. La piel es de marfil imperturbable. La ropa cae en pliegues, pero no hay que engañarse: es de bronce. Y se ajusta al cuello, a los hombros, a las clavículas como una coraza. Esta escultura de George Frampton (1860/1928) representa a Lamia, la maga serpiente y mujer. La serpiente que fue una mujer de gracia lunar y que toma recurrentemente la forma de una mujer para beber la sangre de los varones.
Lamia es de la raza de Salomé, de Circe y, sobre todo, de Lilith, la primera mujer de Adán según la tradición hebraica. La diabla que no reproduce el orden del cuerpo adánico porque no fue creada a partir de la costilla del hombre. La que, entonces, es capaz de subvertir el orden de los sexos.
Lamia es un monstruo. Monstruo en el sentido de Foucault: excede el orden natural, como Lilith.
Las femmes fatales, como ellas, tienen una sexualidad fálica que promete un desborde (un des-orden) en el que la subjetividad se desvanece, aunque sea por un instante. Una promesa fascinante. Y aterradora.
Pero Lamia, Salomé, Lilith no son más que la mirada del Otro. Sin esa mirada, son ellas las que se desvanecen.

lunes, 9 de enero de 2017

No hay camino



Las huellas de los pies son la señal de una ausencia, la ausencia de un cuerpo que pasó.
Pero los pies portan esas huellas. El camino ha dejado sus marcas en ellos. Es el polvo del camino. Es la piel encallecida de las plantas. Son las venas rotas del camino. 
De modo que andar por el mundo es llevar las huellas del mundo, una memoria, en los pies. En el cuerpo. Esas huellas son testimonio del peregrinaje que hacemos llevados por el deseo o la fe o, a veces, el mero empecinamiento.
Estos son los pies del peregrino que pintó Caravaggio en La madonna dei pellegrini. Son el fundamento de esa imagen maravillosa. No sólo porque están en primer plano. Sino porque hay en ella una intencionalidad clara. El cuadro está organizado alrededor de un eje: la línea oblicua que nace de la cabeza del Jesús niño y concluye en el pie derecho del peregrino. La mirada no tiene más remedio que converger sobre el cansancio de esos pies. 
Éste es el escándalo de esta imagen. Los pies sucios y su historia de huellas.
 











 




La madonna dei pellegrini o di Loreto, Michelangelo Merisi da Caravaggio,circa 1603. Sant'Agostino, Campo di Marzio, Roma.